Era una noche fría y sin luna; donde los perros parecían
aullar la soledad de las calles. Pero no, no aullaban la soledad ni la ausencia
de luna, aullaban porque algo terrible se estaba avecinando…
Primer día de clase,
18 de septiembre, un día en el que todo el mundo nos volvemos a ver las
caras en ese frío lugar, el instituto. Yo estaba nerviosa, por ver en que clase
me tocaba, ver mis nuevos compañeros y profesores. Cuando llegué a clase no
había casi asientos libres y me senté en la última fila junto a un chico nuevo
llamado Pedro. En clase reconocí a viejas caras de años anteriores, entre ellas
una de mis mejores amigas Sara que ya había tomado asiento junto a su mejor
amigo, Alejandro. Ese no era el caso, el
caso es que el chico que tenía a mi lado era un tanto peculiar; tenía una tez
blanca, una sonrisa resplandeciente y unos ojos verdes, no eran un verde común,
eran pardos.
Fueron pasando las semanas y con ello los meses, nos hicimos uña y carne, y yo me estaba
enamorando, aunque yo no lo quería así. Él era un chico un poco raro, había días que no venía o días que
desaparecía sin más. Yo nunca me había atrevido a preguntarle por las
desapariciones repentinas, pero un día lo hice, esa pregunta le molestó, y no
me quiso responder, le prometí no volver a hacer preguntas de ese tipo porque
su reacción fue un poco agresiva.
Se acercaba el festival de navidad, donde todos los alumnos
preparábamos por grupos o por solitario alguna actuación musical. Yo estaba
pensando en preparar con el piano Claro de Luna de Debussy y para ello todas
las tardes estudiaba intensivamente, por sorpresa, una de las tardes de otoño
ya de noche, llamaron al timbre; era Pedro, no me lo podía creer, Pedro en mi
casa. Pero, ¿cómo sabía dónde estaba mi casa? ¿Qué hacía allí? Demasiadas
preguntas sin respuesta, yo solo me limité a invitarle a pasar dentro.
Era una noche fría y sin luna; donde los perros parecían
aullar la soledad de las calles. Pero no, no aullaban la soledad ni la ausencia
de luna, aullaban porque algo terrible se estaba avecinando…
Nos acomodamos en el sofá y le invité a tomar un refresco,
pero él negó mis invitaciones y el prosiguió diciéndome:
+ Vengo a contarte la verdad sobre mí, sobre quién soy, y
que soy. Sé que últimamente te estás preguntando porque he desaparecido sin
dejar rastro o porque mi reacción a tu pregunta ha sido violenta. No puedo
mentirte más, no puedo permitirme ese derecho de tratarte mal, y después
sentirme culpable, porque yo te quiero Laura, y no puedo seguir con esta
mentira mucho más tiempo; te preguntarás a que viene todo esto pero quiero que
lo sepas todo sobre mí, sobre quien soy , de donde vengo y que hago aquí.
Verás… yo no soy un humano como tú, no, estoy muerto, no tengo vida, mi corazón
no late, no hay sangre en mis venas ni una sola célula que tenga vida. Mis ojos son verde pardo, como el veneno que
me inyectaron para revivirme. Yo estaba apunto de morir de tuberculosis junto a
mi madre y ella confió en que el médico me
salvaría. Y al morir ella, me quedé huérfano y al borde de la vida. Entré en
coma y pasé por el túnel de recuerdos, estaba muriendo, pero de repente, sentí
arder mi cuerpo. Estaban quemándome, las venas me ardían, el corazón latía a
mil por hora y los órganos se estaban descomponiéndome pero por arte de magia
desperté. Me había salvado, pero ese no era el precio que yo tenía que pagar,
ya nunca iba a morir, no iba a vivir una vida normal. Me había quedado
paralizado a los dieciséis y era un vampiro. El médico, se hizo cargo de mí y
hasta ahora somos una familia de la misma especie, hay unas cuantas familias de
vampiros esparcidas por el mundo, pero de momento somos los únicos en este
sitio. Cada cuatro años, huimos del
sitio donde residimos para que la gente no se de cuenta de que físicamente no
cambiamos. Y me gustaría que esta noche conocieras a mi familia.
El miedo se estaba apoderando de mí, pero acepté y fuimos
caminando hasta su casa. Las calles estaban vacías, solitarias. El silencio
estaba presente en todos los rincones de la ciudad y el frío otoñal nos
arropaba con los tristes susurros del viento. No había luna, y la calle era aún
más triste. Caminábamos en silencio. Pedro se detuvo delante de una gran
mansión, parecía que ya habíamos llegado.
Dentro de la casa, me estaban esperando. Eran una especie de
clones, todos con el mismo tono de piel, la misma sonrisa blanca deslumbrante,
y los mismos ojos: verde pardo. Eran una familia de cinco componentes. Carlos,
el médico y padre; Lucía, la hermosa y peculiar mujer de Carlos; Raquel, la
hermana mayor; Javi, el hermano mediano; y por último Pedro. No me percaté de
un escalón, tropecé y caí. <<Mierda>>
pensé. La reacción fue muy rápida, de repente, estuve rodeada, rodeada de una
familia de vampiros, vampiros con sed de sangre. Sus ojos pardos se posaban
sobre mí y sobre la sangre que estaba derramando. No quería morir, pero así iba
a ser. Iba a ser devorada por vampiros.
Era una noche fría y sin luna; donde los perros parecían
aullar la soledad de las calles. Pero no, no aullaban la soledad ni la ausencia
de luna, aullaban porque algo terrible estaba pasando en aquella casa.
Espero que os haya gustado, lo he escrito yo para un trabajo del instituto. Un beso bloggeros ;)
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