martes, 9 de octubre de 2012

El secreto de los ojos pardos.


Era una noche fría y sin luna; donde los perros parecían aullar la soledad de las calles. Pero no, no aullaban la soledad ni la ausencia de luna, aullaban porque algo terrible se estaba avecinando…

Primer día de clase,  18 de septiembre, un día en el que todo el mundo nos volvemos a ver las caras en ese frío lugar, el instituto. Yo estaba nerviosa, por ver en que clase me tocaba, ver mis nuevos compañeros y profesores. Cuando llegué a clase no había casi asientos libres y me senté en la última fila junto a un chico nuevo llamado Pedro. En clase reconocí a viejas caras de años anteriores, entre ellas una de mis mejores amigas Sara que ya había tomado asiento junto a su mejor amigo, Alejandro.  Ese no era el caso, el caso es que el chico que tenía a mi lado era un tanto peculiar; tenía una tez blanca, una sonrisa resplandeciente y unos ojos verdes, no eran un verde común, eran pardos.

Fueron pasando las semanas y con ello los meses,  nos hicimos uña y carne, y yo me estaba enamorando, aunque yo no lo quería así. Él era un chico un poco  raro, había días que no venía o días que desaparecía sin más. Yo nunca me había atrevido a preguntarle por las desapariciones repentinas, pero un día lo hice, esa pregunta le molestó, y no me quiso responder, le prometí no volver a hacer preguntas de ese tipo porque su reacción fue un poco agresiva.

Se acercaba el festival de navidad, donde todos los alumnos preparábamos por grupos o por solitario alguna actuación musical. Yo estaba pensando en preparar con el piano Claro de Luna de Debussy y para ello todas las tardes estudiaba intensivamente, por sorpresa, una de las tardes de otoño ya de noche, llamaron al timbre; era Pedro, no me lo podía creer, Pedro en mi casa. Pero, ¿cómo sabía dónde estaba mi casa? ¿Qué hacía allí? Demasiadas preguntas sin respuesta, yo solo me limité a invitarle a pasar dentro.

Era una noche fría y sin luna; donde los perros parecían aullar la soledad de las calles. Pero no, no aullaban la soledad ni la ausencia de luna, aullaban porque algo terrible se estaba avecinando…

Nos acomodamos en el sofá y le invité a tomar un refresco, pero él negó mis invitaciones y el prosiguió diciéndome:

+ Vengo a contarte la verdad sobre mí, sobre quién soy, y que soy. Sé que últimamente te estás preguntando porque he desaparecido sin dejar rastro o porque mi reacción a tu pregunta ha sido violenta. No puedo mentirte más, no puedo permitirme ese derecho de tratarte mal, y después sentirme culpable, porque yo te quiero Laura, y no puedo seguir con esta mentira mucho más tiempo; te preguntarás a que viene todo esto pero quiero que lo sepas todo sobre mí, sobre quien soy , de donde vengo y que hago aquí. Verás… yo no soy un humano como tú, no, estoy muerto, no tengo vida, mi corazón no late, no hay sangre en mis venas ni una sola célula que tenga vida.  Mis ojos son verde pardo, como el veneno que me inyectaron para revivirme. Yo estaba apunto de morir de tuberculosis junto a mi madre  y ella confió en que el médico me salvaría. Y al morir ella, me quedé huérfano y al borde de la vida. Entré en coma y pasé por el túnel de recuerdos, estaba muriendo, pero de repente, sentí arder mi cuerpo. Estaban quemándome, las venas me ardían, el corazón latía a mil por hora y los órganos se estaban descomponiéndome pero por arte de magia desperté. Me había salvado, pero ese no era el precio que yo tenía que pagar, ya nunca iba a morir, no iba a vivir una vida normal. Me había quedado paralizado a los dieciséis y era un vampiro. El médico, se hizo cargo de mí y hasta ahora somos una familia de la misma especie, hay unas cuantas familias de vampiros esparcidas por el mundo, pero de momento somos los únicos en este sitio. Cada cuatro años,  huimos del sitio donde residimos para que la gente no se de cuenta de que físicamente no cambiamos. Y me gustaría que esta noche conocieras a mi familia.

El miedo se estaba apoderando de mí, pero acepté y fuimos caminando hasta su casa. Las calles estaban vacías, solitarias. El silencio estaba presente en todos los rincones de la ciudad y el frío otoñal nos arropaba con los tristes susurros del viento. No había luna, y la calle era aún más triste. Caminábamos en silencio. Pedro se detuvo delante de una gran mansión, parecía que ya habíamos llegado.

Dentro de la casa, me estaban esperando. Eran una especie de clones, todos con el mismo tono de piel, la misma sonrisa blanca deslumbrante, y los mismos ojos: verde pardo. Eran una familia de cinco componentes. Carlos, el médico y padre; Lucía, la hermosa y peculiar mujer de Carlos; Raquel, la hermana mayor; Javi, el hermano mediano; y por último Pedro. No me percaté de un escalón, tropecé y caí. <<Mierda>> pensé. La reacción fue muy rápida, de repente, estuve rodeada, rodeada de una familia de vampiros, vampiros con sed de sangre. Sus ojos pardos se posaban sobre mí y sobre la sangre que estaba derramando. No quería morir, pero así iba a ser. Iba a ser devorada por vampiros.

Era una noche fría y sin luna; donde los perros parecían aullar la soledad de las calles. Pero no, no aullaban la soledad ni la ausencia de luna, aullaban porque algo terrible estaba pasando en aquella casa.




Espero que os haya gustado, lo he escrito yo para un trabajo del instituto. Un beso bloggeros ;) 

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